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El primer paso consiste en limpiar nevera y congelador regularmente, evitando así la proliferación de bacterias que puedan contaminar nuestros alimentos. Rocía el interior de la nevera, baldas y cajones con una mezcla de jabón, agua caliente y limón, y retíralo con un paño o bayeta.

Guarda las sobras en envases bien cerrados, preferiblemente de vidrio, para preservar su sabor, y evitar que se mezclen olores en la nevera. Etiqueta los envases para asegurarte del contenido y del tiempo que lleva la comida envasada: Por regla general, los platos cocinados y conservas abiertas, aguantan hasta 5 días.

No llenes demasiado el frigorífico, puesto que dificulta la circulación del aire frío entre los alimentos y por tanto su enfriamiento homogéneo, además de requerir un mayor consumo de energía. Ordena los productos de manera uniforme, y mantén siempre a la vista los que tengan más posibilidades de caducar o que utilizas menos frecuentemente, para que no se te olviden.

Lava y seca las frutas y verduras antes de guardarlas, puesto que algunos hongos y bacterias pueden acelerar su deterioro. Aprovecha las de temporada para elaborar conservas: mermeladas, purés o escabeches, son muy cómodos para embotar y tienen una larga duración, bien cerrados al vacío o congelados. Además pueden convertirse en un regalo muy personal y elaborado.

Aprende a distinguir qué se puede guardar en la nevera y qué no. Las patatas y el pan siempre fuera. Las bolsas de pan mantienen lo mantienen fresco y crujiente en temporadas cortas. Si vas a necesitarlo a más largo plazo, se puede congelar cortado en rebanadas, para descongelarlo en el horno o la tostadora.

No compres más comida de la que puedas consumir o conservar, además es importante conocer la diferencia entre la fecha de caducidad y la de consumo preferente.

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